miércoles, 1 de diciembre de 2010

CHARLES BAUDELAIRE

EL PINTOR DE LA VIDA MODERNA

Lo bello, la moda y la felicidad

Hay en el mundo, e incluso en el mundo de los artistas, personas que van al museo del Louvre, pasan velozmente y sin dedicarles una mirada, ante una multitud de cuadros muy interesantes, si bien de segundo orden y se plantan, soñadores, ante un Tiziano o un Rafael, uno de aquellos que se han vuelto mas populares gracias a los grabados; luego salen satisfechos, mas de uno diciéndose “conozco mi museo”. También hay personas que, por haber leído antaño a Bossuet y Racine, creen poseer la historia de la literatura.

Por fortuna aparecen de vez en cuando deshacedores de entuertos, críticos, aficionados, curiosos que afirman que no todo esta en Rafael, que no todo esta en Racine, que los poetas menores tienen algo bueno, sólido y delicioso; en fin, que por mucho que se ame la belleza general, que expresan los poetas y los artistas clásicos, no es menos descuidar la belleza circunstancial y los rasgos de las costumbres.

Debo decir que el mundo, desde hace varios años, se ha corregido un poco. El precio que los aficionados atribuyen hoy en día a las delicadezas grabadas y coloreadas del siglo pasado prueba que ha tenido lugar una reacción en el sentido que el público necesitaba; Debucourt, los Saint Aubin y muchos otros han entrado en el diccionario de los artistas dignos de estudio.

Pero ellos representan el pasado y es a la pintura de costumbres del presente que hoy quiero dedicarme. El pasado es interesante no solo por la belleza que han sabido extraer de el los artistas para quienes era el presente, sino también como pasado como valor histórico. Con el presente pasa lo mismo. El placer que obtenemos de la presentación del presente no obedece exclusivamente a la belleza de la que puede estar revestido, sino también a su cualidad esencial del presente.

Tengo ante mis ojos una serie de grabados de modas que comienzan con la Revolución y terminan poco antes que el consulado. Estas prendas que hacen reír a tanta gente irreflexiva, gente seria sin seriedad, presentan un encanto de naturaleza doble, artística e histórica. Muy a menudo son bellos y están dibujados espiritualmente; pero lo que me interesa como mínimo por igual, y lo que estoy feliz de reencontrar en todos o casi todos ellos, es la moral y la estética de la época. La idea de que el hombre se hace de lo bello se imprime en todo su atavío, arruga o endurece su ropa, redondea o alinea su gesto, y hasta penetra sutilmente, a la larga los rastros de su rostro. El hombre termina pareciéndose a lo que querría ser. Se puede traducir esos grabados a lo bello y a lo feo: en lo feo, se vuelven caricaturas; en lo bello, estatuas antiguas.

Las mujeres que iban vestidas con esos trajes, se asemejaban más o menos unas a otras, según el grado de poesía o de vulgaridad que las marcaba. La materia viva volvía ondulante, los que nos parece demasiado rígido. La imaginación del espectador puede aun hoy hacer que esa tunica y ese chal se muevan o tiemblen. Uno de estos días, quizá aparecerá un drama en un teatro cualquiera en el que veremos la resurrección de esos trajes bajo los cuales nuestros padres se veían tan encantadores como nosotros con nuestra pobre vestimenta (que también tienen su gracia, es cierto pero de una naturaleza mas bien moral y espiritual), y si los llevan y animan comediantes y comediantes inteligentes, nos asombraremos de habernos reído con tanta ligereza. El pasado aun conservando lo punzante del fantasma, recobrara la luz y el movimiento de la vida, y se hara presente.

Si un hombre imparcial hojeara una por una todas las modas francesas, desde el origen de Francia hasta el dia de hoy, no hallaría nada chocante ni siquiera sorprendente. Las transiciones estarían tan profusamente cuidadas como en la escala del mundo animal. Ningún hiato, y por lo tanto, ninguna sorpresa. Y si a la viñeta que representa cada época le agregara el pensamiento filosófico que mas la ocupaba o la agitaba, un pensamiento el cual inevitablemente sugiere la viñeta, vería que profunda armonía rige todas las partes de la historia, y que, incluso en los siglos que nos parecen mas monstruosos y mas locos, el inmortal apetito de lo bello ha encontrado siempre satisfacción.

Esta es una buena ocasión, en verdad, para establecer una teoría racional e histórico de lo bello único y absoluto, para mostrar que lo bello siempre, inevitablemente tiene doble composición, aunque la impresión que produce sea una; pues la facultad de discernir los elementos variables de lo bello en la unidad en la impresión no invalida en nada la necesidad de variedad en su composición. Lo bello esta hecho de un elemento eterno, invariable, cuya cantidad es excesivamente difícil de determinar, y de un elemento relativo, circunstancial que sera, si se quier, a veces todo a la vez, la época, la moda, la moral, la pasión. Sin ese segundo elemento, que es como la envoltura divertida, brillante, aperitiva, del pastel divino, el primer elemento seria indigeridle, inapreciable, ni adaptado, ni apropiado, a la naturaleza humana. Desafío a que se descubra un ejemplo cualquiera de belleza que no contenga esos dos elementos.

Elijo, si se quiere, los dos peldaños extremos de la historia. En el arte hierático, la dualidad se deja ver al primer vistazo que se da; la parte de belleza eterna no se manifiesta sino con el permiso y bajo la regla de la religión a la que pertenece el artista. En la obra mas frívola de un artista refinado pertenecientes a una de esas épocas que tan vanidosamente calificamos como civilizadas, igualmente se muestra la dualidad; la porción eterna de belleza, Sera al mismo tiempo velada y expresada, si no por la moda, al menos por el temperamento particular del autor. La dualidad del arte es una consecuencia fatal de la dualidad del hombre.

Consideren, si asi les gusta, la parte enteramente subsistente como el alma del arte, y el elemento variable como su cuerpo. Es por eso que Stendhal, espíritu impertinente, zumbón, y hasta repugnante, pero cuyas impertinencias provocan útilmente la meditación, se ha acercado a la verdad mas que muchos otros, al decir que lo bello no es sino la promesa de felicidad. Sin duda esta definición excede el fin; somete demasiado lo bello, al ideal infinitamente variable de la felicidad; despoja muy prestamente a lo bello, de su carácter aristocrático; mas posee el enorme merito de alejarse decididamente del error de los académicos.

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